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Peñiscola. Un ¡Si, quiero! de cine.

 

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No es la primera vez, y seguro que no será la última, que hablo de Peñíscola y sus maravillas pero esta vez es especial, sigo hablando de la ciudad como destino de boda pero esta vez como destino de boda de cine pues de la mano de su oficina de turismo pudimos disfrutar el domingo pasado de todos los escenarios del séptimo arte que esta ciudad ha albergado.

Desde que llegas hasta que te vas te sientes envuelta en una mágica experiencia, en un estado de semi inconsciencia y éxtasis que te impide pensar en nada más que no sea la más infinita felicidad, no es de extrañar que los mejores directores de cine quisieran grabar aquí.

Salimos de casa el domingo, tempranito, cuando el rocío todavía acariciaba las primeras horas del día y llegamos a nuestro destino como verdaderas quinceañeras, locas de pensar en el día que teníamos por delante.

Quedamos enfrente del castillo, en la avenida principal, bajo el cielo despejado y empezamos a andar hacía el puerto. Era la primera de nuestras paradas, la primera de nuestras sorpresas, escenario de series y de historias de amor.

Sin bajar la cabeza, nada más que para fotografiar las huellas del romanticismo en la ciudad, entramos en la fortaleza y llegamos hasta la rampa de Felipe II. Series como Juego de Tronos han caído rendidos a su belleza, a su historia, y retocando al mínimo su paisaje han inmortalizado para siempre sus calles y murallas.

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El interior, sus tripas, ay el interior, recuerdo quitarme las gafas de sol para poder apreciar desde lo alto la magnitud de su belleza. Mi cabeza diseñaba bodas civiles entre esas murallas y me apresuré a entrar en la capilla donde tantas veces había sonado un ¡Si , quiero!

Estábamos en lo más alto de la ciudad, el viento jugaba con mi pelo y yo jugaba con él dejándome atrapar en cada una de las esquinas en las que me paraba durante unos minutos a contemplar el horizonte, del mar, de la montaña.

Bajamos y nos adentramos en los jardines del castillo, cerrad los ojos e imaginad palmeras, murallas enormes de piedra levantándose ante vosotros, el romper de olas, el viento, el olor a césped y en un pasado, los verdaderos guardianes del castillo paseando entre nosotros.

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Imaginad una boda aquí, una ceremonia mientras el sol va desapareciendo en el horizonte y el cielo lo despide con una lucha de colores, sin duda uno de los actos más brutales y románticos que jamás hayas podido ver, con el sol, las rocas y la historia como testigos de honor.

 

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Dejamos atrás el Castillo pero sin perderlo de vista nos adentramos en una nueva experiencia. Peñíscola nos tenía otra sorpresa preparada pero esta vez de sabores, olores y colores.

Entramos en Mandarina, beach, fun & food, donde los “Misterchefs” Rodrigo Castell y Rubén Miralles, nos invitaron a jugar, experimentar y saborear platos exquisitos de auténtica fusión japonesa y terrenal, un auténtico placer para el paladar, la vista y el olfato.

El día parecía no tener fin pero el color rosa del cielo pretendía anunciarnos nuestros últimos minutos en la ciudad, fue entonces cuando nos adentramos en la naturaleza a través de los senderos de Irta, espesa vegetación y olores familiares nos condujeron hacía acantilados que descubrían ante nuestros ojos vistas de la ciudad nunca antes descubiertas.

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Foto Verito Monetta

La torre Badum, las luces, la mezcla de colores en el cielo, el viento en la cara, el mar rosa… que bonita despedida la de aquel día.

 

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